“José Guerrero. Obra Gráfica” es el primer catálogo razonado de la obra gráfica del pintor granadino, una herramienta imprescindible para conocer en profundidad su producción artística. Junto a su publicación, la Calcografía Nacional organiza una exposición basada en medio centenar de estampas que reflejan las distintas etapas de su trayectoria: grabados y monotipos realizados en 1950 en el Atelier 17 de Nueva York.

Guerrero tardó muchos años en practicar el grabado y no fue hasta 1950 cuando comenzó su experimentación junto a Stanley William Hayter llevándole poco a poco hacia la abstracción.

Según la autora del estudio monográfico incluido en el catálogo, María Dolores Jiménez Blanco, «esta primera fase de su trabajo como grabador tiene la función, en el marco de la trayectoria de Guerrero, de absorber la realidad estética que lo rodea e integrarse en ella: la explora ávidamente y sigue los caminos que le brinda tanto en términos formales como en términos de técnicas y de actitud estética. Guerrero se introduce, así, mediante el grabado, en el tejido de la producción americana más avanzada, y asume o utiliza también sus dispositivos de contacto con el público».

Una vez consolidada su posición como integrante de la Escuela de Nueva York, dejó a un lado su trabajo como grabador, para retomarlo a mediados de los sesenta coincidiendo con su exposición en Rose Fried Gallery.

«Las estampas que produce Guerrero a partir de 1964, a cuatro tintas, siguen conteniendo el eco de la libertad cromática alentada por el Atelier 17 en Nueva York, pero a ella se suma la personalidad artística, ya consolidada, del propio pintor. Si en los grabados de 1950, poblados por las formas biomórficas entonces en boga allí, se registra la llegada de Guerrero a la abstracción neoyorquina, en los grabados realizados a partir de los sesenta en España se vuelca y se sintetiza la educación estética y emocional acumulada a través de toda su trayectoria. Menos gestuales y más construidos o sintéticos, con grandes superficies de color apenas tensadas por alguna franja dramáticamente discordante, aún dejan sentir el impacto cromático de Matisse o el sentido compositivo de Juan Gris que tanto le impresionaron en los años cuarenta, pero al mismo tiempo en ellas cobran protagonismo grandes manchas ovales que retienen el eco de la pintura del expresionismo abstracto neoyorquino –a menudo con el negro como protagonista, como ocurre en la serie de la Elegía a la República española realizada por su amigo Motherwell–. Y junto a todo ello se hacen ya plenamente visibles las resonancias de la terrible muerte de Lorca en Víznar, siempre evocada desde Nueva York y ahora de nuevo recordada a través de los ojos de poetas como Jorge Guillén».

La poesía y la política en la obra de Guerrero

Lorca tuvo un claro impacto en la obra gráfica de Guerrero. En 1967, las estampas realizadas con Dimitri Papageorgiou para la Galería Juana Mordó contó con un texto de presentación de Jorge Guillén donde refleja las similitudes entre ambos artistas llamando a Guerrero ”pintor en Nueva York”.

La poesía no fue la única en dar color a la obra de Guerrero. Su compromiso con las causas políticas se reflejaban en su deseo constante de reivindicar la posición del artista como individuo y su contribución moral a la sociedad, también presente en el ideal del expresionismo abstracto americano, como comenta Jiménez-Blanco:

«La presencia de Guerrero en la España de la Transición no solo se materializó mediante importantes exposiciones, constantes entrevistas y una relación siempre fluida con los artistas que practicaban una nueva forma de entender la pintura tanto en Madrid como en Granada. También se visibilizó mediante las sucesivas carpetas de grabados que realiza entonces, obviamente de más amplia difusión y comercialización que sus pinturas. En aquellos años y mediante la difución de aquellas estampas Guerrero llegó a asimilarse, en muchos sentidos, con la idea de un país nuevo, abierto a la modernidad y decidido a explorar otros mundos a medida que se alejaba de la dictadura. Quizá por eso tanto empresas como instituciones oficiales decidieron hacerlo suyo: en un gesto que quería poner de manifiesto el cambio, la internacionalidad, el fin de la anomalía de un país demasiado oscuro durante demasiado tiempo, adquirieron y expusieron en lugares públicos o de representación algunos de sus grabados, aportándoles una verdadera explosión de color. Se proponía asi un paralelo visual muy acorde con los cambios que se querían alcanzar en todos los aspectos de la vida española. No es casual, en ese sentido, que algunas de las estampas realizadas en torno a 1980 para el Taller H&H, cuelguen aún actualmente en espacios donde se toman altas decisiones políticas. Los grabados de Guerrero se convirtieron así, en cierto modo, en la metáfora de un país que anhelaba, como anheló Guerrero toda su vida, estar con su tiempo».