Lo que para uno es un error, para otro es un acierto. En el arte, como en la vida, cada coleccionista es un mundo y cada colección el espejo en el que se mira. Hablamos de pasiones, de vivencias, de gustos… Por eso, cada amante del arte recorre su propio camino a la hora de forjar su colección, pero la experiencia pesa y la trayectoria de un coleccionista como Antonio Lobo (Sevilla, 1967), auditor de profesión, puede servir de ejemplo para muchos nuevos coleccionistas de arte emergente que necesitan un modelo en el que fijarse.

Se define como coleccionista-comisario, aquél que dirige una colección que es la suya propia y “en la que todas las piezas encajan como un puzle”. Y lo hace evitando errores, huyendo del capricho; pensando, meditando y reflexionando cada una de sus adquisiciones hasta el empacho: “Nunca compro algo de forma fortuita por mucho que me derrita por dentro cuando lo miro”. Tiene fijado un presupuesto máximo de 4.000 euros por pieza que nunca sobrepasa, salvo esa excepción tan especial que siempre confirma la regla: “No me gusta perder el valor del dinero, por lo que me cuesta ganarlo y por lo que me cuesta gastarlo. Nunca me he arrepentido de haber comprado una pieza, analizo todo tanto que de momento va bien”.

Uno de los primeros errores que comente un coleccionista es comprar de forma impulsiva sus primeras obras sin estar bien asesorado y sin tener un bagaje cultural y personal detrás de esa decisión. Según Antonio Lobo, primero hay que dedicarse a ver exposiciones y certámenes de arte emergente para familiarizarse con este mundo: “No te levantas un día y sabes de arte, tienes que trabajártelo y vivir como un coleccionista 24 horas al día. Tienes que dejar infectarte por este virus, al principio te da miedo comprarte la primera obra y luego lo que te da miedo es no tener miedo a comprarte la segunda. En ese momento es cuando estás infectado por el virus, puedes tratar de esquivarlo o puedes tratar de disfrutar de esta enfermedad”.

Recolector de frases que encuentra y tatúa mentalmente, defiende el arte como algo accesible a todo el mundo –“la cultura no es algo a lo que se dedica el tiempo libre, sino lo que te hace libre todo el tiempo”–, y anima a los amantes del arte a entrar en este apasionante mundo del coleccionismo: “Como dijo Dora García, el arte es para todo el mundo, pero solo una pequeña élite lo sabe”. Coleccionista anárquico y poco convencional, atesora en su céntrico piso madrileño de 30 metros cuadrados una colección de unas 80 obras compuesta en su mayoría de artistas emergentes nacidos después de 1970 y fundamentalmente españoles. “Quiero tener en mi casa obras de artistas que han compartido conmigo la vida, me interesa ver cómo miran ellos el mundo que yo también miraba”.

Sus compras vienen de momentos premonitorios: cenas con coleccionistas, amigos, encuentros con galeristas, visitas a artistas… “Os invito a sumergiros en este mundo porque merece la pena, pero solo si te metes hasta el fango. Poco a poco iréis creciendo como coleccionistas, educando la mirada, y al final decidiréis qué queréis coleccionar. Hubo un momento en el que Helga de Alvear también tuvo solo una obra”.

Tras esta primera etapa, donde el coleccionista se está descubriendo a sí mismo “comprando lo que le quiere”, viene una segunda fase “donde entiende que está construyendo una colección y empieza a pensar cómo va desarrollarla”, y una definitiva en la que el coleccionista “empieza a buscar diálogo con sus obras”. “Para mí coleccionar es sentirte coleccionista, comprar futuro. Lo que estás haciendo es adaptarte al tiempo y confiar en tu opinión”.

Los errores que puede cometer un coleccionista son varios, pero no hay que caer en algunos que lanza el propio mercado: “Hay gente que pone el grito en el cielo cuando se llama coleccionista a alguien que tiene 10, 20 o 30 obras, pero yo creo que coleccionista se es desde el primer momento. En este mundo no sobra nadie, pero cuando llegas y vas con unos parámetros un poco diferentes, tratan de condicionarte y te hacen pensar que tu labor no es importante. Mucha gente que empieza viene de trabajar en empresas, como yo, y sabemos que para conseguir el 100% es necesario ese 1% que se suma a los otros 99%. El nuevo coleccionista tiene que tener claro que si su labor es seria al final suma, aunque sea ese 1%”. “Lo mejor del arte contemporáneo en España es que somos las mismas personas haciendo las mismas cosas en los mismos sitios. Y lo peor, es que somos las mismas personas haciendo las mismas cosas en los mismos sitios. Cuando vas a las galerías no ves gente nueva y eso nos pasará factura, nadie está prestando atención a las nuevas generaciones que empiezan. De hecho, hay toda una generación absolutamente perdida porque está fundamentada en el desapego a la cultura”.

Cuando Antonio Lobo consigue enlazar con la mirada de un artista, se extiende en el tiempo: “La mirada es lo que hace que seas coleccionista.Un coleccionista no ve, mira. Si alguien visita mi colección, lo que ve no tiene que coincidir con lo que yo miro, porque cada una de las obras que hay en mi colección está impregnada de una energía e una historia que desconoce y que en el momento en el que entra en casa trasciende del formato de la obra de arte”. Mucha gente piensa que en una colección solo cabe obra trascendente, pero existen “obras que enriquecen la colección y obras que la complementan, esto hace que todos tengan su importancia. Para mí es fundamental conocer al artista. Descubro una obra, esta me lleva al artista y solo conociendo al artista lo incluyo en mi colección”. “El coleccionismo se disfruta y se sufre de la misma forma, se disfruta mucho cuando se compra pero se sufre cuando no se puede comprar. Para mí, lo más importante para coleccionar es sentirte coleccionista y convencer al resto de personas de que lo eres”.